Pretemporadas y Neymar

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Me encantaban las pretemporadas, sobre todo una vez había decidido no ser partícipe de ellas. Pero desde el sofá me encantaban. Veías partidos en los que el defensa más rudo era tumbado por un chaval impetuoso y arrogante, con ganas de comerse el mundo. A los que hemos crecido en Extremadura, las pretemporadas nos huelen a polvo, a un campo cobrizo y duro que en pocas ocasiones llegaba a tocar un esférico con alas. Pero sobre todo la pretemporada me lleva a la calle, a veranos en los que más horas de sol significaban más tiempo de castigo a la pared del vecino, mancillada una y otra vez por una pelota que iba y venía hasta el ocaso.


Ya no se juega en la calle, y esta obviedad mil veces repetida no solo me frustra cuando no veo balones arañados por el asfalto, me entristece cuando cada domingo veo más futbolistas esculpidos de manera robótica en las mejores escuelas de fútbol y menos jugadores anárquicos de calle; esos que ningún entrenador quiere hasta que le resuelven el primer apretado partido. Por eso Neymar cuesta 220 millones.


Un descanso y una foto

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Llegó el descanso del partido de vuelta. Nos jugábamos el seguir peleando por ascender de categoría. En la ida ya habíamos ganado 3-0 y la vuelta se jugaba en césped, o una superficie similar; más bien una robusta hierba que nos recordó durante un par de días en forma de picor que lo verde sobre lo que juegan en el Bernabéu nada tenía que ver con aquello. Ese descanso sirvió para que nuestro entrenador, quizá con el más disfrutamos jamás, no nos hiciese ni una solo anotación táctica sobre el partido. Se limitó a comentarnos que había traído su cámara de fotos, y que había que darle uso. “Tras el primer gol que hagáis en el segundo tiempo corred hacia mí para celebrarlo y tiraos al césped, que os voy a hacer una foto”.

Entrenador y fotógrafo improvisado, Pablo sabía de nuestra ilusión por pisar por primera vez un terreno de juego en el que no tragásemos polvo y que no nos recordará en el invierno que las manchas de barro no se quitan. Los campos de tierra nos enseñaron a meter la pierna y a degustar como si de un jacuzzi se tratase la ducha de después. Algunos, como Bonilla, decidieron que la mejor forma de competir en un campo embarrado y encharcado era ojear en los primeros compases todo el terreno en busca del charco más grande y profundo para luego precipitarse de cabeza en él, aunque la jugada no lo precisara. A partir de ahí, su partido era un baile en tacones mientras otros se dedicaban a saltar de puntillas por cada milímetro de insignificante charco.



El balón se puso en juego y al poco de la reanudación fui yo, que no era precisamente el más goleador del equipo, el que tuvo la fortuna de hacer el tanto de esta historia. Y para qué ser modesto: quizá fue uno de los más bonitos que he hecho jamás, picando desde fuera del área la pelota ante la salida del portero rival. Acto seguido, recordé la única indicación del descanso: correr hacia nuestro banquillo.
Todavía recuerdo esa carrera. Pablo cámara en mano y el resto de compañeros, al igual que yo, corriendo como si montáramos un contragolpe hacia nuestro entrenador.

Es la foto de un tiempo que representa la felicidad. La foto que te recuerda con quién has compartido los mejores años de tu vida; esos en los que no eres consciente de nada de lo que sucede más allá de un rectángulo de juego. Es la foto de un tiempo en el que los padres no se entrometían en lo bueno o lo malo que era su hijo, tan solo en su grado de felicidad. Es la foto que invoca un tiempo en el que hasta el central regateaba. Hoy ya no se juega en la calle, donde tenías que regatear a tu rival, a tu compañero que también quería abusar de la pelota y a cada vecino que paseaba y amenazaba con pincharte aquel esférico objeto que se había convertido en tu mejor amigo.

Ese año finalmente no conseguimos ascender, pero era lo de menos. Lo de más queda en la única premisa de aquel descanso. Nos queda la foto.

El verano en mi pueblo

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El verano en mi pueblo es frío, porque sabe a cerveza helada. Es húmedo, porque el “llanino” siempre nos ha regalado tardes en las que el sol se resistía a partir. Es justo, porque jugamos una liga de verano en la que el mejor casi siempre es el que menos bebió anoche.

El verano en mi pueblo es una delicia, menos cuando no, que es ese momento de la tarde en el que sólo a un loco se le ocurre asomarse a una calle adornada por unas aceras que escupen fuego y unas sombras que resultan inútiles.
Aquí por la noche “parece que refresca”, y los últimos en recogerse no son los jóvenes que llenan los parques, sino las abuelas que se sientan “al fresco” desde que acaba el “parte” hasta que el nieto entra en casa.

Las fiestas de los vecinos son y serán siempre peores, pero aún en esas, vamos, las llenamos, las hacemos nuestras y repetimos al año siguiente. La función se acaba a la hora a la que empieza un lunes, con fuegos y luces que nos recuerdan que se acabó, pero que volverá y será igual de bueno y brillante que fue siempre.

En mi pueblo hay amores de verano que duran toda una vida. Y amores de toda una vida que se dan una tregua en el verano. Porque el verano en el pueblo desconcierta; aparecen caras que “te suenan”, pero que jamás has visto, porque te haces mayor, y los sábados ya no son tanto una excusa para beber, sino para ver a unos amigos que cada vez están más lejos, pero que siempre sientes cerca.

Una Champions que no se merece

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Ya en frío, o a temperatura ambiente, esto fue lo que yo vi el sábado.

Vi un Madrid jugando en casa, porque esta es su competición, la que gana mientras se toma una cerveza, casi sin querer y, en ocasiones, sin merecerlo. Ninguno impuso su fútbol.El partido blanco fue gris; sin lustre. Solo los primeros compases, hasta el gol, nos dejaron al Madrid de la velocidad de Bale, el suave hacer de Benzema y la presencia de Cristiano. De este último, el portugués, basta con decir que estuvo, cuando no hace gol simplemente está, y amenaza, y a veces es suficiente.

Mi sensación tras el gol fue que el Madrid "ninguneó" al Atleti, cediéndole la pelota en un ejercicio de piedad y astucia, sabedores los blancos de que este Atleti con balón no es tan gigante. El Atleti lo intentaba, sobre todo, por su flanco izquierdo, por donde Koke y Filipe aprovechaban la constante exposición al dos para uno de Carvajal, cuyo expresso de Cardiff casi nunca llega a tiempo de salvarlo.

Bale no ayudó, pero su partido fue de una dimensión desproporcionada. Resulta curioso contemplar cómo en la época del fútbol físico y la metodología extrema un jugador puede marcar semejantes diferencias a base casi exclusivamente de piernas. Mientras Bale pudo correr el Madrid respiró.

Hubo otro partido paralelo; lo disputaron a un ritmo superior Casemiro y Gabi, por inteligencia y sacrificio. El brasileño sostuvo al equipo blanco en su peor momento. El del Atleti estuvo atento a su defensa, a su portero, a sus delanteros, al árbitro, y al tipo que servía refrescos en la grada.

Perder en los penaltis es feo, al igual que lo es ganar. Es un postre con un toque amargo; sabe a sudor propio y a lágrimas ajenas.

No mereces la victoria si no juegas bien, pero tampoco la mereces si fallas un penalti y perdonas la vida a un equipo mermado y casi hundido.

Leí el otro día a un madridista que “está bien que hayamos ganado la Champions. A ver si el año que viene, además de ganarla, también la merecemos”.


Luis Enrique, Benítez y la herencia

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Hace poco más de un año Luis Enrique tomó en Anoeta una decisión de lo más lógica en un entrenador de fútbol: hizo lo que él creía que más beneficiaba la buena marcha de su club, el Barça. Dejó a Messi en el banquillo, convirtiendo el club azulgrana en un polvorín. Tras unos días convulsos, todo volvió al reguero que Messi consentía y añoraba. Luis Enrique volvió a colocar sus pantalones a la altura de la cintura cuando pudo y el Barça comenzó a gestar una de las mejores temporadas de su historia. Algunos entonces criticaron su postura al verse sometido a los mandatos de la figura más importante del vestuario. Lo cierto es que el equipo desde aquel ya histórico día encauzó un rumbo desdibujado anteriormente, y Luis Enrique tuvo mucha culpa de que así fuera.

Rafael Benítez emprendió el sueño de su vida, el de dirigir al Real Madrid, bajo el signo inequívoco de entrenador metódico, impecable en lo táctico y ciertamente lejano en la relación con los jugadores. Como diría Floriano, “le falta piel”. En el cuerpo de los jugadores aún supuraba el estigma implantado por Ancelotti, un entrenador “liberal”, un tipo al que se respetaba, al menos en lo consciente, pero con el que se dejaba entrever cierta dejadez en según qué momentos de la campaña. La candidez de Ancelotti fue lo que precipitó su salida, con la que solo comulgaba Florentino Pérez, el adalid del señorío.

Benítez es un tipo que quiere controlar todo, absolutamente todo, en antítesis a Ancelotti. En el Madrid lo quiso hacer de igual manera, aunque renunciando de alguna forma a su método. Anfield fue testigo de su firmeza: allí llegó a sentar a toda una institución como Steven Gerrard, mientras que aquí, con Ronaldo posiblemente en el peor momento de su carrera, su sitio en el once fue innegociable.


Luis Enrique fue capaz de definir una especie de tregua con su estrella, mientras que Benítez tuvo a buena parte del vestuario malhumorado desde el primer día. Había que convencerlos de seguir la pizarra, entregando a la BBC cierta libertad arriba, como si de un caramelo se tratase, para hacerles  partícipes luego de unas obligaciones defensivas que, por extraño que parezca, el que mejor pareció entender fue Karim Benzema. El perfume de Carlo sigue decorando el vestuario madridista, y a algunos les entra una nostalgia que adormece: la comodidad.

A Benítez le devoró primero su deseo de entrenar al Madrid, y luego su deseo de aferrarse a un puesto moribundo, que agonizaba con cada nuevo paso que daba el entrenador. Llegó en el momento menos indicado, pero ¿quién dice no al Bernabéu? ¿Quién será capaz de decir que no a otra nueva mentira de Florentino Pérez?









Que Benítez sea Benítez

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El Madrid, o Florentino, o ese enjambre de periodistas que, tanto estiman el morbo y tan poco el fútbol, vuelven a la carga.

Tienes una novia guapa, que cae bien a tu madre, a tu hermana y a tus amigos, pero no resulta suficiente. No. Buscas otra, año tras año, a veces tienes buen sexo, otras te engañan, te corrompen… Siempre quedan buenos momentos, pero nunca poso, algo sólido, que perdure y perpetúe una felicidad que no se sabe si es más inalcanzable en el amor a un escudo, o a una mujer.

Llegados a este punto, Benítez al frente y con el equipo segundo en la competición doméstica e impoluto en Champions, ya existen dudas sobre el rendimiento, el funcionamiento y el devenir del grupo. No parece que vayan a dejar a Benítez ser Benítez, y él, aferrado a un banquillo por el que suspiraba desde hace muchos años, seguramente acabe renunciando a su propia identidad por triunfar, aunque sea a costa de un método que le ha funcionado en mayor o menor medida desde que ejerce.

Tiene un problema de jugadores y espacio, sobre todo arriba. Ronaldo, el que peor momento sufre, se antoja intocable a la hora de establecer rotaciones. Benzema ansía un estatus que, por primera vez desde que piso Chamartín, se merece. Y Bale, al que casi nadie reconoce todavía una posición ideal en el campo, sigue enfrascado en su lucha contra la mediocridad, y de mediocre tiene poco, salvo esa apatía en el esfuerzo tan impropia del fútbol británico y que le condena.


Y Benítez, al igual que el resto de entrenadores, se merece poder ser él mismo. Con sus manías, sus ideas y su método. Si no, para qué llegó. Para eso nos habríamos quedado con la novia guapa y que, además, caía bien, a los jugadores y a buena parte del enjambre.


Casillas, "la Paqui", y una superproducción

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Se rumorea en mi pueblo que, “la Paqui”, la hija del carnicero, quiere mandar a sus padres a un asilo para quedarse así ella con el negocio. Dicen también que ahora sale más, que tiene problemas con el hombre con el que ha compartido 20 años de matrimonio. Incluso los vieron discutiendo efusivamente dentro de su coche en un día de niebla. Fijaos si será mala persona “la Paqui”, que una vez tuvo un problema con una amiga a causa de su marido, y lo que hizo fue llamar a su amiga para aclararlo: ¡será desvergonzada!

En el universo encriptado del tema Casillas hay muchas certezas, pero resulta más místico y entretenido para el pueblo el intenso y artificioso debate sobre rumores de vestuario, mentiras, egos y luchas internas. Todo mucho más a la altura de un club presidido por el hombre de las superproducciones.

La historia del topo: Esta es mi favorita. En este breve relato, Iker es una especie de ente ruin y miserable en forma de pequeño mamífero, que escarba desde el vestuario hasta las redacciones periodísticas para airear los apestosos asuntos del vestuario blanco, que en el relato es más bien una pocilga que un lugar para cambiarse de indumentaria. Incluso, el capitán se atreve a filtrar la alineación de su equipo a los periodistas. Es pluriempleado. No llega a mileurista como corresponsal en la castellana, y necesita seguir siendo portero del equipo de su vida.

La llamada a Xavi: Esta fábula cuenta cómo Casillas, en un momento de tensión física y verbal con el Barça, llama a Xavi Hernández para suavizar el clima de excitación mutua. De esta historia no entiendo la parte que podría ser calificada como nociva. Iker tiene ya unos 30 años, conoce a Xavi desde los 17, de sus tiempos en las categorías inferiores de la selección, y como es lógico, no quiere perder una amistad por la absurda idea de su general, que cree que su escuadrón sólo puede vencer a su rival desde el odio más visceral. Después se demostró que, para ganar al Barça y la décima copa de Europa, no era preciso albergar ese resentimiento.

Hay alguna historia más, pero no quiero extenderme demasiado en un asunto que es una causa perdida para con los autoproclamados mourinhistas. Esos, perdieron la capacidad de análisis hace mucho. Hablan desde una profunda convicción que no les deja evaluar nada más allá del dedo del gran entrenador portugués.

Las certezas son que Casillas lleva en el Madrid más de 20 años, que ha pasado por todas las categorías del club, que tenía que coger el metro para ir a entrenar, que jamás ha puesto en el paredón a un compañero, y que jamás ha hablado mal del tipo que ha destrozado su vida como madridista. También ha ganado algún que otro trofeo.


Para los afectados por la falta de memoria un último inciso: El Real Madrid ha vivido muchos años con Casillas, buenos y malos, y él ha estado siempre cuidando de la portería que ama. Ahora va a Oporto, seguramente un destino menor, pero en otra época, en aquel páramo que era el Madrid de Luxemburgo, López Caro y compañía, Iker pudo ir al equipo que quisiera. Prefirió continuar y verse finalmente embarrado por causas desconocidas, al menos para mí, que sigo viendo en “la Paqui” a la mujer educada que te atiende amablemente en la carnicería.