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Sin actitud, ni paciencia.

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Llevamos semanas asistiendo a la caída de un jugador, y al encumbramiento de otro. Benzema y Diego Costa se han convertido en dos claros ejemplos de actitud en la delantera.

El francés ha comenzado la campaña con unos números notables, pero el respetable del Bernabéu empieza a estar cansado de su trote, de su pose indolente, y de esa frialdad ante todo, incluso ante la propia actitud crítica del Bernabéu.
Por su parte, el brasileño es un futbolista de los de antes, de los que entienden el fútbol como un trabajo, se debe a su afición, que lo contempla cada domingo como se contemplaba en la antigua Roma a un gladiador desde las gradas del circo. Aunque él pudiera ser más bien ese león hambriento que arrasaba gladiadores.

Si establecemos una comparación meramente futbolística, de aptitudes, analizando objetivamente  cada una de las parcelas técnicas, el francés saldría muy bien parado. Es un jugador capaz de golpear con potencia y precisión con ambas piernas, se mueve bien por el frente de ataque, tiene capacidad para el uno para uno, puede bajar a asociarse con sus compañeros, tiene un cuerpo que le ayuda a aguantar el balón de cara a portería, posee capacidad para el último pase…

Todo eso en la teoría, en mi cabeza siempre está ese Benzema. Cuando el árbitro pita el inicio de partido aquello es otra cosa. Le falta precisión en el golpeo, se mueve con poco sentido, en muchas ocasiones llegando incluso a estorbar a sus compañeros. No sirve de referencia arriba, falla hasta el pase más simple, no es capaz de aguantar el balón ante un rival. Todo por una cuestión de actitud, no compite como otros, y esta es una cualidad más difícil de obtener casi que las cualidades técnicas anteriormente mencionadas.

En cambio, Diego Costa, es un jugador tosco, no es elegante en la conducción, no es elegante siquiera cuando se calza un esmoquin. Pero acude a cada partido en ayunas, su voracidad acaba con los defensas por los suelos, con los balones en la red, y con la grada en pie.



La paciencia con Benzema ha sido infinita, y la cosa de gol, en fútbol, es cuestión de los mejores, de las bestias más indomables. Sólo hay que echar la vista atrás.
Tengo poca edad, y menos memoria, pero sólo conozco un caso en el que el delantero era un tipo frio, sin demasiada preocupación por el juego de su equipo y adolecía de actitud ante los rivales. Ha dado la casualidad de que este hombre es el mejor delantero que he visto jamás, pero de estos sólo hay uno. Ronaldo Nazario era capaz de pasar desapercibido todo el partido, de tirar dos desmarques y hacer tres goles.

Pero como digo, de estos hay pocos, o uno, y las cifras goleadoras de Benzema no son las de aquel rechoncho brasileño ni de lejos.

Y esto no va sólo de cifras, sino de sensaciones con la afición. Así, en Barcelona, todos recuerdan el genio y el carácter de Eto´o, o las malas pulgas y el temperamento de Stoichkov.
Si miramos la terna de arietes actuales, entre los mejores destacan fajadores como Falcao o Cavani, tipos capaces de pegarse con cualquier defensa, que no descansan hasta lograr su fin.

Yo quiero uno de estos en mi equipo, alguien que no sólo meta goles, sino que haga todo lo posible por hacerlos.

Raúl, el histórico número siete del Madrid es el ejemplo más claro. Con 71 goles es el máximo goleador histórico de la mejor competición por clubes, la Champions League. Y Raúl no es que fuera un dechado de virtudes futbolísticas. Pero si de actitud. Qué bien le habría venido a Benzema tener estos años a Raúl al lado.

Aún así, con todo lo aquí expuesto, albergo la mínima esperanza de que el francés despierte de su letargo. Pero que sea pronto, porque dos cachorros pronto le cogerán el gusto a eso de saltar al Bernabéu, Jesé y Morata piden sitio.