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La grandilocuencia madridista

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El Real Madrid es grandilocuencia, para todo, lo bueno y lo malo. Un adjetivo que se agiganta alrededor de las oficinas del Bernabéu desde que hizo su aparición por allí Florentino Pérez.

Quizás, por eso, el club blanco es capaz de acaparar tanto adulación como un odio profundo irreversible.
El pasado curso no comenzó bien. Empezando con la polémica de la portería, de la que hablaré poco, que ya me empieza a brotar un sarpullido cada vez que sale el tema. El equipo no carburaba, hasta que llegaron las postrimerías de la temporada. Ahí se vio al mejor Madrid, al mejor Ancelotti, reinó la paz, y los buenos brillaron, sin excepción. Quizás, el mejor de todos, Ronaldo, fue el menos protagonista.

El italiano, con la décima bajo el brazo, parecía haber dado con tecla. El equipo era una orquesta en perfecta armonía, con músicos suplentes de lujo, todo en su sitio, el verano parecía un trámite. Pero Florentino la época estival la pasa en casa, en Madrid, aburrido, necesita ese sonido de teléfono que le advierte de un nuevo fichaje, de una nueva oportunidad para copar todas las portadas de los periódicos mundiales en las que lo que más resalta son los números, las cifras escandalosas.

Pues bien, llegó James, que no exento de calidad no parece valer lo mismo que Ronaldo o Bale.
A Di María en cambio no se le da lo que pide. Que por mucho que sea, parece tremendamente justo después de la extraordinaria temporada que cuajó (sin jugar en su posición natural).
Diego López, ese hombre al que persigue la sombra de Mourinho, también sale por la puerta de atrás. Un futbolista que ha completado dos temporadas en las que casi no se le recuerda un fallo.
Casillas, en cambio, tras una final de Champions horrible, y un Mundial bochornoso sigue en el plantel.
Se ficha a Keylor, un porterazo, en el mejor momento de su carrera, pero que resulta un tanto innecesario teniendo en plantilla a Casillas y López.

El último en salir es Xabi Alonso. Uno de esos tipos de los que se puede decir que dotan de mayor grandeza al club que representa. Un mediocentro casi sin parangón, en la cuesta abajo de su carrera, pero con mucho aún que ofrecer.

En definitiva, el conjunto blanco pasa de tener un equipo consolidado, con todas las piezas bien encajadas, a formar de nuevo un compendio de extraordinarios jugadores que necesitan de acople.


El año pasado la jugada salió bien, redonda, en forma de “orejona”. Florentino sigue aburrido en casa. Todavía le queda verano.

Al son que marca Gaspar.

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En un terreno de juego en el que todos los entrenadores afirman que es complicado jugar bien al fútbol brilló el más “jugón” de todos, Gaspar, autor del tanto y de la mejor faena de la mañana en la ajustada victoria del Cacereño.

Domingo 16 de Febrero, San Valentín se fue hace dos días, con él se llevó las rosas, los caricias, y las palabras bonitas, hoy tocaba batalla. Derbi.

Traía bien aprendida la lección Ángel Marcos, un habitual en la grada de los partidos del Municipal. Su equipo fue intenso, agresivo, y tuvo la fortuna necesaria para encarrilar un partido que no tuvo dueño colectivo. Sí individual, Gaspar fue la principal atracción, circense fue lo suyo.

“Pato” también tomó precauciones en su equipo, reforzó el centro del campo ante la presumible superioridad física de Checa, y convirtió a Buades en su media punta, el que debería ser el principal canalizador del juego de ataque. Lo de Checa no fue presumible, sino patente. Abel fue un media punta ahogándose en un mar de jugadores cacereños, nadie acudió en su rescate.

La primera mitad transcurrió entre saltos y disputas en el centro del campo, en este túnel la luz sólo aparecía cuando la pelota la agarraba Gaspar, el único en sintonía con el esférico durante todo el partido. Él estaba jugando a una cosa, los demás a otra. Su pareja de baile fue Santi Polo, su víctima. Al lateral arroyano sólo le queda el consuelo de que no volverá a ver a ese escurridizo bailarín en lo que queda de temporada.

El único tanto del partido llegaría en casi la única jugada hilvanada con verdadero sentido futbolístico por ambos equipos, la pelota tras una buena combinación la cogió Gaspar, con tiempo para medir a Santi Polo, fue perfilándose para su pierna zurda, Polo lo sabía, pero no pudo evitar el gol.

Checa fue el otro protagonista del partido; Ese hombre de rubia cabellera se merendó el plan de “Pato”, no hay  mediocentro en la categoría capaz de sostener al del Cacereño. Tras el gol creció, como la mala hierba, áspero, sin brillo con balón, pero manteniendo erguido a su equipo, dándole lo necesario.

El Arroyo sigue siendo buen equipo defensivamente, tampoco es una ardua labor defender con sobriedad en el terreno de juego arroyano, pero sigue faltando un poeta, alguien capaz de crear algo de la nada, de intentarlo al menos.

El discurso de Pato al final del partido tiene sentido: “Ellos parecían tener las ideas más claras”. También parecía tener razón Juanma: “Echo en falta agresividad en mi equipo, la hemos tenido, y ahora no la veo”.

Se pueden sacar algunas conclusiones; El equipo está en un período de adaptación al nuevo método, y parece haber perdido casi lo único que lo hacía diferente, su seña de identidad como local, la agresividad.

Que se den prisa en encauzar el rumbo, sólo quedan 12 jornadas.  Ya están en descenso.




Scorsese y Di Caprio, nada puede salir mal.

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Puro entretenimiento. Esas serían las dos palabras con las que definiría la última película de Martin Scorsese, un largometraje que rueda entre la comedia y la tragedia, cuya finalidad final no es más que hacer pasar al espectador un gran rato, un largo rato de divertimento. Tres horas de film que se desvanecen entre los dedos chasqueantes de Di Caprio.

Algunos puristas, o seudocinéfilos argumentan que la película no tiene una enseñanza final, algo que va más allá, cómo si tuviéramos que esperar del cine lo que se espera de esas frases copiadas y pegadas en Twitter, esas que antes de que el copia y pega haga su efecto ya se han olvidado. El que quiera una bonita moraleja que lea la fábula de la hormiga y la cigarra, una historia brutal de esfuerzo y superación.

Di Caprio está soberbio, eso hace mucho que dejó de ser noticia.

La película guarda un espíritu cachondo y caótico que engancha desde el principio. Esos quince minutos de Mathew McConaughey en pantalla van dibujando el perfil de la historia de una manera brillante. Un Mathew McConaughey al que hasta ahora yo sólo tenía en buena estima por la tremenda lista de mujeres que habían pasado por su bragueta.

Resalta también la manera en la que Scorsese es capaz de engranar gags más propios de comedias casposas para quinceañeros, y funcionan.

Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto en una sala de cine, y eso que tuve que presenciar la película desde la siempre incómoda primera fila. Los mareos de Di Caprio por consumir ese medicamento descatalogado y los míos al final de la proyección por tener la pantalla a 4 metros no distaron demasiado.

Acudan a verla sin ninguna pretensión, merece la pena.