Archive for 2016

El verano en mi pueblo

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El verano en mi pueblo es frío, porque sabe a cerveza helada. Es húmedo, porque el “llanino” siempre nos ha regalado tardes en las que el sol se resistía a partir. Es justo, porque jugamos una liga de verano en la que el mejor casi siempre es el que menos bebió anoche.

El verano en mi pueblo es una delicia, menos cuando no, que es ese momento de la tarde en el que sólo a un loco se le ocurre asomarse a una calle adornada por unas aceras que escupen fuego y unas sombras que resultan inútiles.
Aquí por la noche “parece que refresca”, y los últimos en recogerse no son los jóvenes que llenan los parques, sino las abuelas que se sientan “al fresco” desde que acaba el “parte” hasta que el nieto entra en casa.

Las fiestas de los vecinos son y serán siempre peores, pero aún en esas, vamos, las llenamos, las hacemos nuestras y repetimos al año siguiente. La función se acaba a la hora a la que empieza un lunes, con fuegos y luces que nos recuerdan que se acabó, pero que volverá y será igual de bueno y brillante que fue siempre.

En mi pueblo hay amores de verano que duran toda una vida. Y amores de toda una vida que se dan una tregua en el verano. Porque el verano en el pueblo desconcierta; aparecen caras que “te suenan”, pero que jamás has visto, porque te haces mayor, y los sábados ya no son tanto una excusa para beber, sino para ver a unos amigos que cada vez están más lejos, pero que siempre sientes cerca.

Una Champions que no se merece

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Ya en frío, o a temperatura ambiente, esto fue lo que yo vi el sábado.

Vi un Madrid jugando en casa, porque esta es su competición, la que gana mientras se toma una cerveza, casi sin querer y, en ocasiones, sin merecerlo. Ninguno impuso su fútbol.El partido blanco fue gris; sin lustre. Solo los primeros compases, hasta el gol, nos dejaron al Madrid de la velocidad de Bale, el suave hacer de Benzema y la presencia de Cristiano. De este último, el portugués, basta con decir que estuvo, cuando no hace gol simplemente está, y amenaza, y a veces es suficiente.

Mi sensación tras el gol fue que el Madrid "ninguneó" al Atleti, cediéndole la pelota en un ejercicio de piedad y astucia, sabedores los blancos de que este Atleti con balón no es tan gigante. El Atleti lo intentaba, sobre todo, por su flanco izquierdo, por donde Koke y Filipe aprovechaban la constante exposición al dos para uno de Carvajal, cuyo expresso de Cardiff casi nunca llega a tiempo de salvarlo.

Bale no ayudó, pero su partido fue de una dimensión desproporcionada. Resulta curioso contemplar cómo en la época del fútbol físico y la metodología extrema un jugador puede marcar semejantes diferencias a base casi exclusivamente de piernas. Mientras Bale pudo correr el Madrid respiró.

Hubo otro partido paralelo; lo disputaron a un ritmo superior Casemiro y Gabi, por inteligencia y sacrificio. El brasileño sostuvo al equipo blanco en su peor momento. El del Atleti estuvo atento a su defensa, a su portero, a sus delanteros, al árbitro, y al tipo que servía refrescos en la grada.

Perder en los penaltis es feo, al igual que lo es ganar. Es un postre con un toque amargo; sabe a sudor propio y a lágrimas ajenas.

No mereces la victoria si no juegas bien, pero tampoco la mereces si fallas un penalti y perdonas la vida a un equipo mermado y casi hundido.

Leí el otro día a un madridista que “está bien que hayamos ganado la Champions. A ver si el año que viene, además de ganarla, también la merecemos”.


Luis Enrique, Benítez y la herencia

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Hace poco más de un año Luis Enrique tomó en Anoeta una decisión de lo más lógica en un entrenador de fútbol: hizo lo que él creía que más beneficiaba la buena marcha de su club, el Barça. Dejó a Messi en el banquillo, convirtiendo el club azulgrana en un polvorín. Tras unos días convulsos, todo volvió al reguero que Messi consentía y añoraba. Luis Enrique volvió a colocar sus pantalones a la altura de la cintura cuando pudo y el Barça comenzó a gestar una de las mejores temporadas de su historia. Algunos entonces criticaron su postura al verse sometido a los mandatos de la figura más importante del vestuario. Lo cierto es que el equipo desde aquel ya histórico día encauzó un rumbo desdibujado anteriormente, y Luis Enrique tuvo mucha culpa de que así fuera.

Rafael Benítez emprendió el sueño de su vida, el de dirigir al Real Madrid, bajo el signo inequívoco de entrenador metódico, impecable en lo táctico y ciertamente lejano en la relación con los jugadores. Como diría Floriano, “le falta piel”. En el cuerpo de los jugadores aún supuraba el estigma implantado por Ancelotti, un entrenador “liberal”, un tipo al que se respetaba, al menos en lo consciente, pero con el que se dejaba entrever cierta dejadez en según qué momentos de la campaña. La candidez de Ancelotti fue lo que precipitó su salida, con la que solo comulgaba Florentino Pérez, el adalid del señorío.

Benítez es un tipo que quiere controlar todo, absolutamente todo, en antítesis a Ancelotti. En el Madrid lo quiso hacer de igual manera, aunque renunciando de alguna forma a su método. Anfield fue testigo de su firmeza: allí llegó a sentar a toda una institución como Steven Gerrard, mientras que aquí, con Ronaldo posiblemente en el peor momento de su carrera, su sitio en el once fue innegociable.


Luis Enrique fue capaz de definir una especie de tregua con su estrella, mientras que Benítez tuvo a buena parte del vestuario malhumorado desde el primer día. Había que convencerlos de seguir la pizarra, entregando a la BBC cierta libertad arriba, como si de un caramelo se tratase, para hacerles  partícipes luego de unas obligaciones defensivas que, por extraño que parezca, el que mejor pareció entender fue Karim Benzema. El perfume de Carlo sigue decorando el vestuario madridista, y a algunos les entra una nostalgia que adormece: la comodidad.

A Benítez le devoró primero su deseo de entrenar al Madrid, y luego su deseo de aferrarse a un puesto moribundo, que agonizaba con cada nuevo paso que daba el entrenador. Llegó en el momento menos indicado, pero ¿quién dice no al Bernabéu? ¿Quién será capaz de decir que no a otra nueva mentira de Florentino Pérez?