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Luis Enrique, Benítez y la herencia

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Hace poco más de un año Luis Enrique tomó en Anoeta una decisión de lo más lógica en un entrenador de fútbol: hizo lo que él creía que más beneficiaba la buena marcha de su club, el Barça. Dejó a Messi en el banquillo, convirtiendo el club azulgrana en un polvorín. Tras unos días convulsos, todo volvió al reguero que Messi consentía y añoraba. Luis Enrique volvió a colocar sus pantalones a la altura de la cintura cuando pudo y el Barça comenzó a gestar una de las mejores temporadas de su historia. Algunos entonces criticaron su postura al verse sometido a los mandatos de la figura más importante del vestuario. Lo cierto es que el equipo desde aquel ya histórico día encauzó un rumbo desdibujado anteriormente, y Luis Enrique tuvo mucha culpa de que así fuera.

Rafael Benítez emprendió el sueño de su vida, el de dirigir al Real Madrid, bajo el signo inequívoco de entrenador metódico, impecable en lo táctico y ciertamente lejano en la relación con los jugadores. Como diría Floriano, “le falta piel”. En el cuerpo de los jugadores aún supuraba el estigma implantado por Ancelotti, un entrenador “liberal”, un tipo al que se respetaba, al menos en lo consciente, pero con el que se dejaba entrever cierta dejadez en según qué momentos de la campaña. La candidez de Ancelotti fue lo que precipitó su salida, con la que solo comulgaba Florentino Pérez, el adalid del señorío.

Benítez es un tipo que quiere controlar todo, absolutamente todo, en antítesis a Ancelotti. En el Madrid lo quiso hacer de igual manera, aunque renunciando de alguna forma a su método. Anfield fue testigo de su firmeza: allí llegó a sentar a toda una institución como Steven Gerrard, mientras que aquí, con Ronaldo posiblemente en el peor momento de su carrera, su sitio en el once fue innegociable.


Luis Enrique fue capaz de definir una especie de tregua con su estrella, mientras que Benítez tuvo a buena parte del vestuario malhumorado desde el primer día. Había que convencerlos de seguir la pizarra, entregando a la BBC cierta libertad arriba, como si de un caramelo se tratase, para hacerles  partícipes luego de unas obligaciones defensivas que, por extraño que parezca, el que mejor pareció entender fue Karim Benzema. El perfume de Carlo sigue decorando el vestuario madridista, y a algunos les entra una nostalgia que adormece: la comodidad.

A Benítez le devoró primero su deseo de entrenar al Madrid, y luego su deseo de aferrarse a un puesto moribundo, que agonizaba con cada nuevo paso que daba el entrenador. Llegó en el momento menos indicado, pero ¿quién dice no al Bernabéu? ¿Quién será capaz de decir que no a otra nueva mentira de Florentino Pérez?