El verano en mi pueblo

El verano en mi pueblo es frío, porque sabe a cerveza helada. Es húmedo, porque el “llanino” siempre nos ha regalado tardes en las que el sol se resistía a partir. Es justo, porque jugamos una liga de verano en la que el mejor casi siempre es el que menos bebió anoche.

El verano en mi pueblo es una delicia, menos cuando no, que es ese momento de la tarde en el que sólo a un loco se le ocurre asomarse a una calle adornada por unas aceras que escupen fuego y unas sombras que resultan inútiles.
Aquí por la noche “parece que refresca”, y los últimos en recogerse no son los jóvenes que llenan los parques, sino las abuelas que se sientan “al fresco” desde que acaba el “parte” hasta que el nieto entra en casa.

Las fiestas de los vecinos son y serán siempre peores, pero aún en esas, vamos, las llenamos, las hacemos nuestras y repetimos al año siguiente. La función se acaba a la hora a la que empieza un lunes, con fuegos y luces que nos recuerdan que se acabó, pero que volverá y será igual de bueno y brillante que fue siempre.

En mi pueblo hay amores de verano que duran toda una vida. Y amores de toda una vida que se dan una tregua en el verano. Porque el verano en el pueblo desconcierta; aparecen caras que “te suenan”, pero que jamás has visto, porque te haces mayor, y los sábados ya no son tanto una excusa para beber, sino para ver a unos amigos que cada vez están más lejos, pero que siempre sientes cerca.

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